Panamá, 17 de abril de 2026. La creciente fragmentación de los sistemas de comercio global, impulsada por tensiones geopolíticas, crisis logísticas y disrupciones en rutas estratégicas, está transformando profundamente la dinámica del transporte marítimo y las cadenas de suministro internacionales. Este fenómeno no solo está redefiniendo los flujos comerciales entre Asia y Estados Unidos, sino que también abre nuevas oportunidades para América Latina en el contexto del nearshoring.
La transición del modelo “Just-in-Time” hacia un enfoque “Just-in-Case” refleja un cambio estructural en la forma en que las empresas gestionan sus cadenas de abastecimiento. La incertidumbre generada por conflictos, restricciones en puntos clave como el Canal de Suez o el estrecho de Ormuz, y el aumento de riesgos operativos han llevado a los actores del comercio global a priorizar la resiliencia sobre la eficiencia de costos.
De acuerdo con el webinar de Drewry titulado “Container Market Outlook 2026: Middle East conflict – impact assessment”, la prolongada secuencia de eventos disruptivos y la inestabilidad geopolítica no solo están impulsando la diversificación de rutas comerciales, sino también una reconfiguración más amplia del sistema logístico global. Este entorno está afectando directamente las perspectivas de demanda: por cada aumento de $10 en el precio del petróleo, el crecimiento del PIB global podría reducirse entre 0.1 y 0.2 puntos porcentuales. En un escenario de precios cercanos a $150 por barril, esto implicaría una revisión a la baja de hasta 1.6 puntos porcentuales frente a las proyecciones previas al conflicto, suficiente para empujar a algunas economías hacia la recesión.
En este contexto, las proyecciones de crecimiento del movimiento portuario de contenedores también han sido ajustadas. Drewry redujo su estimación para 2026 a 1.8%, desde el 2.2% previsto anteriormente, advirtiendo que una escalada adicional del conflicto podría llevar ese crecimiento a un rango de entre 0.5% y 1.3% en un escenario más pesimista. Aun así, los volúmenes globales no han colapsado: los flujos comerciales se han desviado, pero no se han roto, lo que evidencia cierta resiliencia del sistema.
Sin embargo, incluso si los principales puntos de tensión como el estrecho de Ormuz logran estabilizarse, la crisis ya ha expuesto vulnerabilidades estructurales en el comercio marítimo. Entre ellas, destaca la alta dependencia de corredores estratégicos, lo que está llevando a las navieras a rediseñar sus redes de servicios (liner networks) para evitar puntos de estrangulamiento. Esta tendencia ya se observó tras los ataques en el mar Rojo a finales de 2023, cuando las rutas dejaron de optimizarse únicamente en función de costos y comenzaron a priorizar la gestión de riesgos y la resiliencia operativa.
En paralelo, el sector enfrenta ajustes operativos relevantes. Las navieras han recurrido de forma más intensiva a herramientas como los blank sailings, el slow steaming y la inactividad de buques para gestionar la sobrecapacidad y reducir el consumo de combustible ante el aumento de costos. En términos financieros, el impacto sobre los márgenes ha sido mixto: si bien los recargos por combustible (BAF) y el alza en tarifas spot compensan parcialmente el incremento en los costos, la recuperación nunca es total y depende de factores como la congestión portuaria y la evolución de la demanda.
Las grandes alianzas marítimas también están sintiendo el impacto, viéndose obligadas a redibujar sus redes y activar planes de contingencia en un entorno de creciente presión sobre los costos. A su vez, esta dinámica podría acelerar aún más el nearshoring, con cargadores buscando rutas más cortas, seguras y diversificadas, particularmente en regiones como América Latina.
Este proceso de diversificación, no obstante, implica nuevos desafíos. La expansión hacia rutas más largas o alternativas incrementa la demanda de capacidad naviera, lo que podría influir en las decisiones de construcción de nuevos buques y desguace. De hecho, algunos analistas consideran que el reciente auge en órdenes de portacontenedores podría interpretarse como una preparación ante disrupciones geopolíticas más persistentes, aunque esta visión no es unánime.
En definitiva, la fragmentación del comercio global no implica una contracción del sistema, sino su transformación hacia un modelo más resiliente y diversificado. En este nuevo escenario, América Latina —y particularmente hubs logísticos como Panamá— tienen la oportunidad de consolidar su relevancia estratégica dentro de las cadenas de suministro globales.

